La acción solidaria y la "cuestión social" contemporánea

 

 

Emilio Tenti Fanfani


Introducción

 

En este artículo me propongo discutir algunos argumentos relacionados con las estrategias de intervención social que confían en las virtudes de las denominadas "instituciones sin fines de lucro". De un tiempo a esta parte son cada vez más frecuentes las propuestas de "fortalecimiento de la sociedad civil" y la confianza depositada en el "Tercer Sector" para contribuir a resolver algunos problemas de integración que caracterizan a la sociedades contemporáneas. Para ello considero necesario partir de una toma de posición acerca de las características estructurales que definen la especificidad de la "cuestión social", tal como ésta se presenta en este fin de siglo. En un segundo momento recurriré a las ciencias sociales para establecer algunas distinciones conceptuales alrededor del viejo tema de las lógicas que estructuran y orientan las prácticas sociales. En especial me concentraré en las relaciones recíprocas entre esas tres energías sociales que son el interés, la solidaridad y el poder y sus respectivas expresiones institucionales: el mercado, las organizaciones de la sociedad civil sin fines de lucro y el Estado.

En síntesis, me propongo proveer argumentos para sostener la idea de que sólo un nuevo mix entre Estado, mercado y solidaridad social puede ofrecer una respuesta adecuada a los problemas sociales (desigualdad, exclusión, fragmentación social, etc.) que amenazan la realización de valores humanos universales tales como la libertad, la justicia y la misma existencia de la sociedad como una totalidad integrada en la diversidad.

1. La "cuestión social contemporánea"

1.1. Pensar relaciones

Razones de simple sentido común, y también razones epistemológicas obligan a pensar los problemas sociales contemporáneos desde un punto de vista relacional e histórico. No existe lo social como una sustancia independiente de lo político, lo económico y lo cultural. Por otro lado, todo objeto social (la pobreza, la exclusión, la familia, el Estado, etc.) es el resultado de un proceso. Por eso toda verdadera ciencia social no puede dejar de ser histórica. El propio lenguaje que usamos para hablar de las cosas sociales, tiene su historia, que es preciso conocer. Esta perspectiva relacional e histórica es la más adecuada para captar las especificidades, las particularidades de las situaciones que debemos enfrentar en el presente.

Durante la segunda mitad del siglo pasado y las primeras décadas del presente, tanto en el campo político como en el intelectual, se instaló una preocupación por los desajustes y problemas sociales emergentes del avenimiento progresivo de la sociedad capitalista, industrial y urbana. Esta "gran transformación", como la calificó Karl Polanyi (1992), conmovió los cimientos de la sociedad tradicional, desde aquellos que estructuraban su sistema de relaciones económicas hasta los que organizaban el mundo de la cultura y la misma "subjetividad" de los hombres.

Este proceso, que el sociólogo alemán Norberto Elías (1983) denominó "civilizatorio" es multidimensional y afecta en forma contemporánea distintas dimensiones de la vida social. Contra ciertas visiones deterministas simples e ingénuas que pregonan determinadas precedencias lógicas y temporales ("primero el desarrollo de las fuerzas y relaciones productivas, luego las relaciones sociales y después las superestructuras culturales", etc.), estas transformaciones transcurren por caminos más complejos. Más que pensar en causalidades simples y lineales es preciso pensar en causalidades estructurales y recíprocas, ya que ciertos factores son eficientes en la medida en que actúan combinados con otros. A su vez, los efectos que producen, por lo general, terminan por afectar a sus propias causas. Así, mientras algunos tienden a pensar que "el mercado" es una institución "natural" y que, en cierta medida, "existe desde siempre" (y que durante mucho tiempo su funcionamiento libre fue deliberadamente interferido por la ignorancia o mala voluntad de los hombres… etc.), un análisis elemental de la historia nos obliga a reconocer que se trata de una configuración social que tiene un origen y determinadas condiciones sociales de emergencia y desarrollo que no se manifiestan de la misma manera en todo momento y en todo lugar.

1.2. Capitalismo y Estado moderno

En efecto, ¿cómo comprender la expansión de la lógica de la producción y el intercambio capitalista sin tomar en cuenta el advenimiento del Estado moderno y su monopolio de la violencia física y simbólica legítimas sobre los hombres que habitan en un territorio bien determinado? A su vez, esta "institución" (es decir sistema de reglas que estructuran las prácticas humanas en un campo determinado) si quiere traducirse en prácticas y comportamientos requiere la conformación de agentes (capitalistas, obreros, etc.) dotados de ciertas predisposiciones específicas, es decir, modos de percepción, de valoración y de acción en situaciones específicas. En otras palabras, el mercado como arreglo institucional, requiere (y al mismo tiempo genera) ciertos modos de ser o, en otras palabras, una determinada subjetividad, es decir, un "código moral" o "código de comportamiento" (SEN, A., 1993).

Los procesos de desarrollo de las tecnologías de transporte y comunicación, el despliegue de las fuerzas productivas, la aparición de nuevos y más complejos modelos de división funcional del trabajo y la consecuente extensión de las cadenas de interdependencia de los hombres son procesos que se manifiestaron en la conformación de un nuevo modo de producción que se caracteriza por el paso de la economía de subsistencia a una economía monetaria "de mercado". Estas transformaciones, a su vez, son contemporáneas con el desarrollo del Estado nacional que fue el resultado de un proceso de concentración de poder en un centro (Paris, Roma o Buenos Aires) permitió "pacificar" territorios antes ocupados por unidades de poder menor cuyas relaciones a menudo se caracterizaban por la rivalidad y el conflicto armado.

El monopolio de la violencia física legítima permitió la circulación libre de las mercancías, los hombres y la cultura en espacios territoriales más amplios que el de las viejas ciudades-estado, por ejemplo. Pero el Estado también reivindicó con éxito el monopolio del ejercicio de otro tipo de violencia legítima, el que tiene que ver con su capacidad de imponer determinados significados. El Estado, por lo general impone una lengua como lengua nacional, una historia común y un conjunto de símbolos que identifican a los ciudadanos de un país como formando parte de una unidad que los trasciende. El Estado tiene la capacidad de oficializar relaciones sociales tan relevantes como las que tienen que ver con la reproducción biológica y social de la población y las relaciones de propiedad, por ejemplo. Sólo el Estado otorga una identidad oficial (acta de nacimiento y documento de identidad, acta de matrimonio, divorcio, defunción, etc.). El Estado dá (o "legaliza") títulos oficiales, sean estos de propiedad de bienes materiales o simbólicos tan estratégicos como el conocimiento (títulos escolares).

Este Estado es una construcción social que se desarrolló en el tiempo y fue objeto de lucha y conflicto social entre intereses y proyectos contrapuestos. Es imposible pensar el mercado y la producción capitalista, en su forma contemporánea, independientemente de estas transformaciones en el plano de la política y el derecho que se manifiestan en instituciones sociales novedosas. Por último, economía y política existen en una sociedad determinada, conformada por agentes dotados de ciertas características objetivas y subjetivas, tales como condiciones de vida, propiedad, cultura, valores, etc. El capitalismo tiene y necesita de un "espíritu", es decir, produce subjetividades y comportamientos diferentes.

1.3. Los problemas sociales del primer capitalismo

Como bien demostró Polanyi (1992, pag. 77), "antes de nuestra época los mercados no fueron jamás otra cosa que accesorios de la vida económica. Por regla general, el sistema económico quedaba absorbido en el sistema social". En las sociedades precapitalistas, el problema de la subsistencia se resolvía mediante tres mecanismos: el de la reciprocidad en el intercambio de dones (cuya condición es la simetría), la redistribución de recursos (basada en el principio de centralidad) y la autosubsistencia doméstica (principio de autarquía).

El advenimiento del capitalismo implicó la centralidad de la logica del mercado, la motivación de la ganancia y la estructuración de la producción alrededor del modelo industrial y el modo de vida urbano. Industrialización y urbanización no fueron procesos "planificados". Esta gigantesca reconversión humana, el paso de la economía de subsistencia o de una economía rural a una industrial y urbana requirió un desplazamiento masivo de hombres y mujeres del campo a la ciudad. Este proceso, en sus orígenes fue extremadamente traumático. Se trató de un desplazamiento físico que acarreó una ruptura de lazos sociales que por una parte liberó a los hombres de una serie de "ataduras" y "limitaciones" (la familia, la etnia, la iglesia, la tierra, la lengua) que amplió sus márgenes de autonomía y libertad. Las ideologías del individuo libre fueron acompañando y alentando este proceso de transformación social. Pero esas ataduras y esas pertenencias no sólo constituían limites a las libertades humanas, también proveían una identidad, una pertenencia y garantizaban una cierta seguridad. La familia, la iglesia, el señor feudal, la corporación o el "estamento"se hacían cargo del sujeto en situación de necesidad. Esta modalidad de existencia en medio de una red de relaciones sociales inmediatas o "de proximidad" limitan y al mismo tiempo protegen al sujeto de la sociedad tradicional.

Cuando el campesino emigra a los centros urbanos no deja solo su tierra, sino también su familia (amplia o restringida), sus amigos, muchas veces su lengua y sus pertenencias (sus "cosas" y sus relaciones). Este desarraigo en la mayoría de los casos fue extremadamente traumático y junto con el sufrimiento social acarreó graves problemas de integración social. La miseria de estos "individuos libres", formalmente libres de vender su fuerza de trabajo en el mercado en medio de unas relaciones de fuerza extremadamente asimétricas y favorables al capitalista fue el origen de diversas formas de conflictividad social que preocupó a intelectuales y políticos.

1.4. La cuestión social como asunto de Estado

Las viejas formas de la "ayuda social", basadas en la logica de la caridad cristiana y su versión secularizada, la filantropía se mostraron rápidamente insuficientes para responder al tamaño y complejidad de la "cuestión social" capitalista. El problema social fue adquiriendo dimensiones tales que obligó a la sociedad a desplegar nuevas estrategias de intervención. El Estado asumió la función de prestar asistencia a los explotados y oprimidos, víctimas del primer capitalismo. Para ello desplegó un sistema normativo e institucional que fue creciendo paulatinamente con el tiempo. A su vez, los asalariados capitalistas progresivamente fueron adquiriendo cierta capacidad para actuar en forma colectiva en defensa de sus intereses frente a los patrones y frente al Estado. Son conocidos los análisis del sociólogo inglés A. Marshall acerca del progresivo desarrollo de los derechos civiles, políticos y sociales. Los obreros del capitalismo constituyeron sus propias organizaciones sociales (sindicatos) y políticas (los partidos socialistas europeos) y lograron modificar los equilibrios de poder en su propio beneficio.

1.5. El trabajo se convierte en empleo

El primer capitalismo, luego de un largo proceso de lucha y negociación transformó el trabajo humano en empleo, es decir, en una actividad humana regulada socialmente, estructurada mediante un sistema legal sancionado y administrado por el Estado. La relación de trabajo entre el asalariado y el capitalista no se define exclusivamente en función del poder y la capacidad de presión de las partes tomadas aisladamente. Los protagonistas de esta relación contratan en el contexto de un marco legal que define derechos y deberes especificos que los contratantes deben respetar. El Estado capitalista no sólo fue desplegando una serie de leyes y reglamentos, sino que también montó un conjunto de dispositivos institucionales con recursos y competencias como para garantizar el cumplimiento de la legislación y eventualmente sancionar a los infractores eventuales (departamentos de trabajo, tribunales laborales, etc.). También en este caso, la lógica del mercado y del interés privado (de los contratantes) se complementa con un marco regulatorio y las instituciones especializadas que, entre otras cosas, se asientan en ese recurso típico del Estado que es la fuerza publica. El interés privado (de capitalistas y asalariados) y el poder del Estado se complementan para garantizar las condiciones básicas del funcionamiento regular de la producción capitalista.

El mercado de trabajo es el lugar donde se realiza la distribución primaria de la riqueza producida. Sin embargo, el Estado, a través de sus políticas, opera una segunda distribución, llamada por esta razón "secundaria" que en principio tiene como objetivo, entre otras cosas, corregir las desigualdades producidas por la distribución primaria. Este modelo hizo que se considerara verosímil y posible la realización del derecho de ciudadanía social que garantiza a todos los individuos un grado de satisfacción determinado ("una vida digna") de sus necesidades básicas, independientemente de su inserción en el mercado de trabajo.

Detrás de este modelo de organización social que se dió en denominar "welfare state" existieron condiciones objetivas de desarrollo (capitalismo nacional, Estado interventor con políticas anticíclicas de cuño keynesiano, etc.) y actores colectivos, con sus intereses, relaciones de fuerza, estrategias, conflictos, etc. cuya historia todavía no se conoce en forma exhaustiva.

El advenimiento del Estado benefactor en la Europa de la postguerra y su despliegue en otros continentes bajo formas más o menos análogas en varios países de América Latina marcó el punto más alto de lo que podríamos denominar el capitalismo integrador (ISUANI, E.A. y TENTI FANFANI E., 1989).

El trabajo asalariado pasó de ser un indicador de opresión y oprobio a una condición estamental dotada de un estatuto legal que la estabiliza y le garantiza toda una serie de contraprestaciones no sólo monetarias, sino también sociales (estabilidad en el trabajo, salario mínimo garantizado, vacaciones pagadas, cobertura de riesgos de accidentes, salud, desempleo y vejez, vivienda, formación profesional, etc.). En su momento de esplendor, a mediados de la década de los años setenta, los asalariados constituyen cerca del 80% de la población económicamente activa de la Europa continental. En esos "treinta gloriosos" años (como dicen los franceses) que van de 1945 a 1975, siempre existió un porcentaje de personas que no encontraban empleo. Pero se trataba de un desempleo funcional y en la mayoría de los casos temporal al que la sociedad hacía frente mediante el seguro de desempleo. Para las situaciones extremas y minoritarias de exclusión social el Estado desplegaba una estrategia asistencial de emergencia.

El capitalismo desarrollado fue capaz de hacer crecer en forma relativamente contínua (con sus crisis cíclicas, controladas por medidas de política económica de cuño keynesiano) el volumen de los productos y servicios producidos y una distribución más equitativa de los mismos, lograr una situación cercana al pleno empleo y desarrollar una estructura social donde la gran mayoría de los individuos alcanzaba un nivel digno de satisfacción de sus necesidades básicas. La lucha de clases se fue volviendo lucha individual por las "clasificaciones", es decir, por escalar posiciones en esa estructura que aparecía bien diferenciada, pero potencialmente abierta para todos.

1.6. El Estado benefactor en América Latina

Algo parecido a este "mundo capitalista feliz" fue realidad en los países del occidente más desarrolado. En América Latina, en cambio, esta imagen fue más un proyecto que una realidad. La denominada etapa de sustitución de importaciones permitió el desarrollo desigual de los capitalismos basados en el mercado nacional. En muchos países tales como Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, México, los procesos de industrialización y urbanización alcanzaron ritmos elevados durante la década de los años sesenta. El grado de incorporación exitosa a estos procesos fue muy desigual. El desarrollismo también trajo como consecuencia la expansión del fenómeno de la marginalidad. La expansión de las favelas, villas miseria, callampas, vecindades, rancherios, etc. en las afueras de los grandes centros urbanos e industriales fueron el signo distintivo de una época. Sin embargo, en medio de esas dificultades se pensaba que la "villa miseria" era una especie de situación transitoria, una "emergencia" social temporaria que constituía la antesala de la vida urbana formal. La ideología del progreso, dominaba en el discurso ideológico de la época tanto en su versión "reformista" como "revolucionaria". Las fuerzas portadoras de este proceso modernizador en su forma típica fueron la burguesía capitalista nacional y la clase de los asalariados urbanos organizados en sindicatos. Sus expresiones políticas no fueron sólo los partidos. Las fuerzas armadas latinoamericanas y los movimientos populares presididos por líderes carismáticos (el populismo) muchas veces fueron quienes lideraron, con mayor o menor éxito, el proceso de transformación. La fuerza del Estado fue un ingrediente fundamental en esta alianza de poderes que presidió el desarrollo del capitalismo en la América Latina de postguerra.

Sin embargo, grandes contingentes de la población de América Latina nunca se integraron en el corazón del mercado de trabajo capitalista. Los elevados índices de informalidad, precariedad, cuentapropismo y las poblaciones indígenas que viven en gran parte en economías de autosubsistencia son el testimonio del carácter desigual del desarrollo del capitalismo como modo de producción y como modo de vida. Esta población no integrada o parcialmente integrada al empleo moderno y todas sus ventajas asociadas (y que en su gran mayoría integra los rangos de la pobreza urbana y rural tradicional) permanece relativamente al margen de las crisis que periódicamente amenazan la seguridad vital de los grupos más integrados al modo de vida capitalista urbano de América Latina.

1.7. La "Gran Transformación" actual

Este es el mundo que se termina con las transformaciones del capitalismo actual. La apertura de los mercados nacionales, globalización de la economías, alentados por los profundos cambios en las tecnologías de la comunicación y los transportes, la internacionalización y concentración del capital en sus diversas especies (en especial la financiera y la científico-tecnológica) han producido una serie de efectos sobre las configuraciones políticas, sociales y culturales que acompañaron la emergencia y desarrollo de ese primer capitalismo que acabamos de describir arriba.

Hoy tenemos otro Estado y otra relación estado-sociedad, otras relaciones de fuerza entre poderes económicos, políticos y culturales, otra morfología social y nuevos dilemas de integración social. El proceso recién está en sus inicios y las sociedades tienen más conciencia de lo que se termina que de lo que está emergiendo. Por eso la moda de las etiquetas post para calificar cambios en la cultura, la economía, el Estado, etc. (sociedad postmoderna, postindustrial, etc.).

En brevísima síntesis, y sin proponer un orden o estructura interpretativa, estas son algunas de las características distintivas de las transformaciones en marcha:

en la economía:

expansión de la economía a escala planetaria, tendencia a la liberación de todas las barreras que regulaban y limitaban el movimiento del capital financiero y (en menor medida) las mercancías, introducción creciente de conocimiento científico y tecnológico en la producción de bienes y servicios, tendencia a producir nuevos productos y servicios para públicos restringidos (a diferencia de la producción de masas de tipo fordista), mercantilización progresiva de bienes y servicios, desarrollo de pequeñas unidades productivas desconcentradas, etc.;

en la política:

constitución de centros de poder (y su concentración) en agencias supraestatales (mundiales o regionales) e incapacidad para establecer regulaciones en los movimientos financieros, privatización, delegación, descentralización, desconcentración de competencias y atribuciones del Estado nacional hacia unidades terrioriales menores (provincias, municipios, etc.), debilitamiento de los agentes e instituciones políticas frente a otros poderes (económicos, comunicacionales, religiosos, etc.), reducción del Estado como productor de bienes y servicios básicos y desregulación de la economía, crisis de los sistemas de representación tradicionales (partidos, parlamentos, etc.) y en la participación ciudadana, etc.;

en la cultura:

contradicción entre la imposición hegemónica de determinados modos de vida (la mentada "macdonaldización" del mundo) como resultado, entre otras cosas, de la globalización de las economías y las agencias de producción cultural (medios masivos de comunicación) y procesos tales como multiplicación de las ofertas culturales y fortalecimiento de formaciones culturales tradicionales y premodernos, despliegue de nuevas y viejas formas de irracionalismo, relativismo cultural, etc. que plantean problemas nuevos a las agencias tradicionales encargadas de la formación de la subjetividad (familia, escuela, etc.), predominio de una cultura que privilegia el egoismo, lo privado, la lógica utilitaria y calculadora por sobre la acción colectiva, la solidaridad, lo público y el interés general, como principios estructuradores de las prácticas sociales de todo tipo (productivas, sociales, afectivas, morales, etc.

Todo cambio social obedece a una combinación de factores objetivos cuya dinámica no es sólo parcialmente planificada y calculada (por ejemplo, el desarrollo demográfico, el científico tecnológico, etc.) y de factores subjetivos que tienen que ver con actores colectivos, intereses, estrategias y equilibrios de poder. En parte, las transformaciones económicas, políticas y culturales fueron objeto de una política y un proyecto que operaron dentro de un contexto objetivo determinado.

Las políticas públicas del denominado "Washington consensus" o del "neoliberalismo" fueron posibles en virtud de una modificación significativa en los equilibrios de poder. Un dato salta a la vista: la tendencia a la fragmentación y debilitamiento de los actores colectivos clásicos, en especial, fragmentación de los actores sociales y políticos representativos de los asalariados, como resultado de las modificaciones introducidas en la producción capitalista. Hoy asistimos al fin de las grandes unidades de producción típicas del primer capitalismo, la desconcentración de la producción en unidades pequeñas, la fragmentación, particularización y diferenciación de la fuerza de trabajo en relación con la incorporación de conocimiento cientifico y tecnologico y la aparición de nuevas y más complejas formas de division del trabajo, etc.

Demás está decir que, mientras los asalariados disminuyen en cantidad y calidad (se diferencian por sector, calificación, función, tamaño de la empresa, localización geográfica, etc.) y se debilitan sus organizaciones representativas (sindicatos, partidos obreros, etc.), el capitalismo (en sus diferentes manifestaciones) tiende a la concentración y aumenta su capacidad relativa de determinar políticas públicas definiendo reglas y orientando recursos en función de sus intereses y proyectos. Estos cambios en las relaciones de fuerza están en la base de la implementación más o menos exitosa de muchas políticas neoliberales, tanto en los paises centrales como en los periféricos, en un contexto de democracia politica.

1.8. La "cuestión social" de hoy

Las nuevas configuraciones económico sociales de la era de la globalización demuestran ser más efectivas para aumentar la producción que para distribuir la riqueza. En otras palabras vivimos tiempos en que las sociedades como un todo son más ricas, pero también más desiguales. Cada vez más ciudadanos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, habitantes del campo y de las ciudades quedan fuera de la economía moderna, son excluidos de los frutos del bienestar y también de las ventajas y responsabilidades de la ciudadanía política.

Cada vez se produce más riqueza con menos fuerza de trabajo y para menos consumidores. Las naciones unidas estiman que, en este fin de siglo, el 20% de la población consume el 86 % de los bienes y servicios contabilizados en el PBI mundial. En palabras simples, los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más numerosos. Pero para comprender el carácter propio de esta pobreza en relación con las pobrezas previas del capitalismo es preciso revisar los impactos de las transformaciones del modo de producción sobre la estructura y dinámica del empleo actual.

Hoy el mercado de trabajo presenta algunas novedades de peso que es preciso analizar con mayor profundidad. Entre ellas pueden citarse las siguientes:

a) El empleo se convierte en un elemento escaso en la sociedad. El indicador más evidente es la aparición del desempleo abierto de dos dígitos. Este fenómeo es más llamativo allí donde el mercado del empleo formal fue capaz de incorporar a proporciones significativas de la fuerza de trabajo, como es el caso de los países capitalistas avanzados y las sociedades latinoamericanas de mediano desarrollo. Junto con el fenómeno del desempleo abierto se manifiestan otras modalidades de inserción incompleta, tales como el subempleo (individuos que trabajan menos tiempo del que quisieran trabajar) y el desempleo oculto constituido por aquellos que, aun cuando necesitarían trabajar, se autoexcluyen de la búsqueda de empleo, desestimulados por la escasa o nula probabilidad de acceder al mismo.

b) El empleo tiende a la informalización, es decir, a convertirse cada vez más en una relación social de hecho. En consecuencia, la relación laboral está cada vez más determinada por la fuerza propia de los agentes directos (en el límite, la fuerza del asalariado y el empleador particular). Demás está decir que esta desregulación produce una modificación del equilibrio de poder entre capitalistas y asalariados en beneficio de los primeros. Y por lo general, la experiencia enseña que la fuerza del derecho laboral tuvo un importante efecto igualador (el Estado de derecho se asienta en la igualdad de todos ante la ley).

c) La crisis de la idea de contrato colectivo de trabajo. La relación laboral tiende a reproducir las formas originales de un contrato individual entre asalariado y empleador. Los primeros tienden a perder el valor agregado de la negociación colectiva, por rama o por sector. En el límite, el capital prefiere discutir y definir las condiciones de trabajo en forma individual con cada uno de los agentes. El debilitamiento de las organizaciones representativas del trabajo está detrás de la decadencia de la idea y la práctica de la negociación y el contrato colectivo.

d) La mayoría de los nuevos empleos que generan las economias actuales son precarios, con duración predeterminada y también inestables. El puesto de trabajo en la economía formal había adquirido un carácter de estabilidad que estructuraba buena parte de la vida de los asalariados y sus familias ofreciéndoles un horizonte largo que permitía planificar proyectos, calcular recursos e inversiones del más diverso tipo (compra de bienes materiales, inversiones educativas, estrategias reproductivas familiares, etc.).

e) Los empleos se crean preferentemente en el sector de la producción de servicios personales, la mayoría de ellos muy particularizados y en pequeñas unidades productivas. La terciarización de la economía planea una serie de desafíos a los sistemas de formación de la fuerza de trabajo, en especial la educación formal. Las competencias que se requieren para desempeñar estas tareas son un mix de conocimiento técnico (muchas veces de carácter complejo) y de actitudes, capaciades y valores relacionales y comunicacionales que requieren un tiempo y recursos adecuados para su aprendizaje.

f) Por último, el mercado de trabajo tiende a privilegiar el trabajo autónomo sobre el trabajo asalariado. La autonomía supone una capacidad, por parte del trabajador, para crear su propio puesto de trabajo y garantizar cotidianamente las condiciones sociales de su reproducción. Y esto no se realiza sin poner en práctica una serie de conocimientos y orientaciones (creatividad, capacidad de iniciativa, de cálculo, de relación, negociación, etc.) cuya apropiación supone un laborioso y costoso proceso de aprendizaje.

Este cuadro incompleto y desordenado de las transformaciones del trabajo en nuestras sociedades son de tal magnitud que obligan a "reconvertir" a cantidades ingentes de trabajadores que se vuelven innecesarios y/o "inempleables". Esta es la lógica que subyace a la "cuestión social" contemporánea: a) Se puede aumentar la producción disminuyendo el empleo. (En el límite se puede producir el doble con la mitad de los empleos actuales) y b) La inserción en el mercado de trabajo emergente requiere una reconversión de la fuerza de trabajo que ningún espontaneismo de las fuerzas del mercado puede garantizar.

1.9. El Estado débil

Ante este cuadro de situación donde el mercado y su lógica excluye a proporciones significativas de la población de "los frutos de la civilización" uno debe preguntarse cuál es el papel que juegan el Estado y las politicas públicas. En otras palabras, ante los efectos perversos de la lógica del interés privado, cuáles son las respuestas que se dan a la cuestión social desde el Estado? Aquellos que se quedan afuera o pierden en la distribución primaria de la riqueza son compensados por las políticas públicas redistributivas del Estado? Todo parece indicar que la primacía de los egoismos privados estuvo acompañada por un debilitamiento de la capacidad de las instituciones públicas para estar a la altura de las circunstancias.

Las refomas económicas no fueron acompañadas, por lo general, por políticas públicas inspiradas en los derechos de ciudadanía. Por lo general, los servicios sociales públicos tienden a deteriorarse y a empobrecerse, sobre todos aquellos que en un principio tuvieron alguna vocación universalista, tales como la educación básica y la salud pública. En muchos casos, el criterio de la cantidad primó sobre el de la calidad y las coberturas dejan de ser indicadores de satisfacción efectiva de las necesidades básicas de la población (ir a la escuela y alcanzar certificados no garantiza apropiación del conocimiento, tener acceso a servicios sanitarios no garantiza salud, etc.).

1.10. El costo de la exclusión

Las diversas formas de exclusión e inclusión defectuosa en el mercado de trabajo están en el origen de una serie de injusticias y exclusiones (a un salario y condiciones de trabajo dignos, a servicios sociales complementarios, etc.) que tiene profundos impactos sobre la subjetividad de los asalariados y se traduce en un ahorro de costos en el corto plazo y para el empleador, pero que a mediano plazo genera una serie de costos sociales que también pueden tener una expresión económica cuantificable (enfermedades, conflictos sociales, delincuencia, drogadicción, disolución de vínculos familiares, etc.).

2. Hacia un "nuevo contrato social"

2.1. Los excluidos del mercado y abandonados por el Estado.

La cultura del neoliberalismo tiende a pensar la historia como un proceso que escapa completamente a la voluntad de los hombres. La sociedad (en especial la producción, la distribución, en síntesis la economía) es una realidad natural cuyo funcionamiento obedece a una lógica inexorable. Las famosas "leyes del mercado" a la corta o a la larga se toman su revancha frente a cualquier veleidad de intervención humana. Por eso el neoliberalismo sintoniza con la idea del "fin de la historia": finalmente la sociedad reencuentra su cauce natural de desarrollo. Ya no queda nada por hacer. Sólo nos queda respetar un mandato negativo: lo mejor que se puede hacer es no hacer nada (colectivamente hablando, por cierto).

Donde el primer capitalismo "hizo" su trabajo instauró un nuevo orden y destruyó el antiguo. Junto con él desaparecieron viejas formas de sociabilidad, viejas instituciones y modos de vida (la familia tradicional, la etnia, las relaciones de vecindad, las "corporaciones" de intereses, de oficios, etc. Los individuos "libres" y liberados de esos vínculos encontraron un nuevo principio de integración como ciudadanos abstractos de los Estados-nación modernos. Ellos institucionalizaron la solidaridad en los sistemas públicos de seguridad social. Hoy, cuando el mercado y el empleo pierden fuerza como instancia integradora y las instituciones del Estado Benefactor (educación, salud, seguridad, vivienda y hatitat públicos, etc.) se empobrecen y entran en crisis, nos volvemos a encontrar con una gran masa de individuos "libres" y librados a su suerte, la mayoría de ellos viviendo "juntos" en los grandes centros urbanos. Estos son "los nuevos pobres" del capitalismo. En las condiciones actuales, estos perdedores de la "gran transformación actual" tienen pocas probabilidades de desplegar formas de acción colectiva unificadas, institucionalizadas, permanentes y en función de objetivos estratégicos y no meramente coyunturales y limitados.

Pero en América Latina existen esos que son "pobres desde siempre" y que como decíamos arriba nunca alcanzaron a encontrar un lugar digno en el nuevo espacio social del capitalismo. Esta población conservó su viejo capital social hecho de relaciones de parentezco, pertenencias y solidaridades étnicas, culturales y religiosas, y al mismo tiempo, en especial en las ciudades, desarrolló formas originales de sobrevivencia social. Generó sus propios empleos en el sector informal de la economía (agricultura de subsistencia, pequeño comercio, servicios personales, artesanado, etc.) y se beneficia en forma más o menos regular de los sistemas públicos de prestación de servicios sociales. Para ello desplegó formas de organización y acción colectiva que en muchos casos sirvió para ser tenidos en cuenta por quienes orientan recursos públicos con finalidades sociales.

Este es el panorama donde se inscribe el discurso sobre el Tercer Sector. Es imposible entender su racionalidad si no se lo inscribe en este horizonte de fracaso del mercado y de los mecanismos integradores del Estado.

2.2. La revalorización de un viejo recurso social: la generosidad

Desde diferentes perspectivas (ROUSTANG G. et al., 1996) comienza a abrirse camino la demanda por un "nuevo contrato social", cuyo objetivo sería precisamente redefinir las articulaciones entre Estado, mercado e iniciativas de la sociedad civil. En el documento base de un reciente encuentro Iberoamericano se dice que "Las organizaciones de la sociedad civil pueden ser ese lugar desde donde se recrea la solidaridad, incluyendo a los que sin ella quedarían definitivamente excluidos. Ese espacio en el que la vida asociativa recuerda a sus miembros que todavía son sujetos de derechos. Ciudadanos de una sociedad democrática que reconoce a la libertad, la igualdad, y la solidaridad como sus principios generadores. Ese es el sentido de participación que la sociedad civil debe reivindicar como suyo al debatir sobre el contrato social. No ser meramente una malla de contención para evitar el conflicto, un modo más eficiente y barato de aplicar políticas sociales focalizadas, una red asistencial para quienes el mercado declara prescindibles. Entre los individuos y el estado, están las asociaciones y las asociaciones son hoy más que nunca necesarias para preservar el lazo social, asegurar la integración, promover el sentido de la pertenencia, resguardar ese umbral mínimo de derechos que nos permita reconocernos mútuamente como ciudadanos de una misma comunidad política". Todo induce a pensar que ha llegado "la hora de la solidaridad".

2.3. La lógica distintiva del desinterés

En todas las sociedades actuales existen tres energías sociales que están en la base de la mayoría de los comportamientos de los agentes. Una de ellas es el interés. Este mueve a los protagonistas de los intercambios típicos del mercado. Cada uno, persiguiendo su interés individual, contribuye a la realización del bien común. Este es el argumento legitimador del liberalismo. Y tiene su parte de verdad. Pero los hombres no hacen todo por interés. Algunas las hacen "por obligación", en virtud de un mandato de una instancia que hace uso del poder del Estado. El poder también es un poderoso motor de los comportamientos humanos. Pero también hay acciones que se presentan como "desinteresadas", es decir, como opuestas a la lógica utilitaria que estructura el espacio social del mercado. Existen conductas generosas, solidarias, caritativas, filantrópicas, orientadas a la búsqueda del bienestar y la felicidad de los demás. Estas prácticas que no se reducen ni al interés ni a la obligatoriedad son características típicas de todas las formas de vida social. Los antropólogos han estudiado detenidamente esa secuencia tipica que consiste en "dar-recibir-devolver" regalos, servicios, afecto, favores, etc.

Pero para ir más allá en la argumentación es preciso introducir una distinción. El don supone una equivalencia o reciprocidad de un tipo particular (BOURDIEU, P., 1986). Su especificidad aparece cuando se la relaciona con el intercambio típico de una situación de mercado: la compra/venta. Cuando compro algo a alguien la equivalencia es total: uno paga lo que cuesta (el "valor de mercado") el bien o servicio que compra. Y aunque compre a crédito o pague en cuotas, existe una seguridad (incluso garantizada por la fuerza pública) de que el pago se hará efectivo en la cantidad establecida. El regalo, o la ayuda que se da, se recibe y se devuelve, tiene otra lógica. En primer lugar, existe un intervalo entre el dar/recibir y la devolución. Es más, si uno devuelve en forma inmediata y por un valor equivalente el regalo que recibió (un día me regalan un libro de un determinado valor y yo regalo otro libro del mismo valor el dia siguiente) es como si se rechazara lo que se recibió. El intervalo de tiempo que transcurre entre el recibir y el devolver está allí precisamente para hacer olvidar el hecho objetivo del intercambio, del "dar si me das", que tipifica a la acción como un intercambio nada generoso sino bien interesado. Un regalo no tiene "precio". Es de muy mal gusto hacer saber el valor de mercado del objeto o servicio donado. La generosidad es objetivamente recíproca, en la medida en que "obliga" a una devolución, a una reciprocidad, pero esta reciprocidad, esta equivalencia no debe aparecer en forma explícita.

Por otra parte, esa transacción tan particular que es la del don, supone una cierta expectativa de reciprocidad, pero dotada de una cierta incertidumbre en cuanto al momento, cacterísticas y modalidad de su verificación. Si doy, es probable que reciba algo a cambio, pero nunca se está completamente seguro, nunca se sabe exactamente cuando, ni cómo, ni cuánto se recibirá a cambio. Esta es la lógica propia de la acción desinteresada, generosa, solidaria, caritativa o filantrópica.

Desde el punto de vista sociológico, el análisis se puede complicar aun más, en la medida en que se podría decir que, contrariamente a lo que piensa cierto sentido común, no existe el don o la generosidad puros, completamente desinteresados, sin ninguna expectativa de reciprocidad. Pero esta expectativa no es racional o calculada por los agentes. Es simplemente un dato objetivo que transcurre en forma no explícita y manifiesta.

En las sociedades tradicionales y en los sectores populares el dar-recibir-devolver, se expresa en múltiples prácticas cotidianas "entre iguales" (parientes, vecinos, correligionarios, etc.) y también bajo la forma de máximas de conducta tales como "nobleza obliga", "hoy por ti, mañana por mi", etc.

Toda una variedad de bienes y servicios muy valiosos circula con esta logica que es diferente del interés de mercado y del poder del Estado. Algunos se animan a decir que si se pudiera calcular su valor podría llegar a duplicar los actuales cálculos del PBI.. Es probable que su importancia relativa sea mayor allí donde el Estado y el mercado han tenido menor desarrollo.

En las barriadas populares de América Latina, las formas solidarias espontáneas y tradicionales han sido reforzadas con modalidades más institucionalizadas y organizadas. La proliferación de organizaciones de acción solidaria es una tendencia que ha sido registrada por múltiples estudios y análisis del denominado tercer sector.

Junto con estas diversas expresiones de la solidaridad horizontal (o entre iguales) se han reforzado las instituciones clásicas de la solidaridad "vertical". Las viejas instituciones de la beneficencia, la filantropía y las más antiguas de la caridad cristiana adquieren nuevas modalidades de existencia. La filantropía empresaria tiende a desarrollarse en el contexto actual del desarrollo social latinoamericano. En alguno países existen cálculos del valor total de recursos privados invertidos directamente en función de intereses públicos, sin pasar por la mediación del Tesoro del Estado.

Por otra parte, desde la década de los años 80’s han aparecido organizaciones no gubernamentales sin fines de lucro, cuyos protagonistas, por lo general personas con altas calificaciones profesionales, ofrecen servicios técnicos y sociales a lo sectores más carenciados del campo y la ciudad, utilizando recursos provenientes de las más diversas fuentes (externas e internas, de organismos internacionales o del sector público y privado nacional, etc.). (HIRSCHMAN, A.O., 1986)

2.4. Alcances y límites de la solidaridad (vertical y horizontal)

La diversidad y densidad del Tercer Sector en la mayoría de las sociedades latinoamericanas da lugar a una serie de expectativas que muchas veces no tienen bases realistas. Respecto de esta propuesta es preciso plantearse por lo menos dos cuestiones (CAILLÉ, A., 1994): a) una positiva: qué parte de las acciones de los hombres es imputable al interés y qué parte al desinterés y b) una cuestión normativa: qué parte débe imputarse al interés y cual al desinterés (la generosidad, el don, etc.).

Es posible confiar en el espíritu del don, de la donación para hacer frente a los desafíos de la crisis de las dos lógicas de la modernidad: es decir, la lógica del intercambio, el interés (mercado) y la lógica del monopolio legal de la violencia fisica legítima, del poder del Estado. Hoy lo que está en crisis es precisamente la sociedad asalariada integrada nacionalmente.

Algunos confian en las potencialidades de la expansión de una tercera lógica, en parte basada en el don, el voluntariado, la generosidad, la filantropía, es la inversión libre y voluntaria en tareas de interés común. En efecto, los pensadores se preguntan si se trata de una perspectiva "utópica" o "irrealista", si las motivaciones y regulaciones que componen esta lógica del don son lo suficientemente poderosas como para producir una sistematicidad socializadora comparable a la del mercado y la del Estado.

En realidad deberíamos agregar preguntas: ¿Cuáles son las ventajas específicas de la solidaridad, el mercado y el Estado?, o bien ¿Existen cosas que son necesarias para el bienestar humano y que sólo pueden esperarse de cada una de estas fuentes de energía social? Por otro lado, ¿Cada sector o lógica existe en forma independiente o bien sólo existen en forma relacionada y articulada? ¿Cuáles son las condiciones sociales que garantizan el mejor funcionamiento del interés, el poder y la solidaridad en términos de realización de los ideales de crecimiento, justicia y libertad en nuestras sociedades latinoamericanas?

Sería muy pretencioso pretender aportar respuestas a cada una de estas preguntas, sin embargo es preciso aportar algunos elementos o criterios que orienten la reflexión y eviten los esquematismos simplistas o los voluntarismos de todo tipo. Cualquier política realista al respecto requiere tener presente algunos alcances y límites y algunas interrelaciones entre cada una de estas dimensiones de la vida social que el análisis obliga a separar, pero que existen en forma completamente interdependiente.

Comencemos con la solidaridad. Si bien, como recuerda Hirschman (1986) el ejercicio de la solidaridad, la generosidad o el amor es una cualidad que tiende a aumentar con su uso (a diferencia de otros recursos que es preciso economizar) esto tiene un límite. Uno puede cansarse o decepcionarse si la actitud generosa no produce efectos en cierto tiempo determinado. La decepción que sigue a la falta de reciprocidad o de "consecuencias prácticas" puede limitar o hasta liquidar la actitud o predisposición generosa. En consecuencia, hay que cuidarse de abusar de este recurso tan estratégico en el desarrollo humano. El amor y la generosidad, la lógica del don crea lazos sociales, identidad, pertenencia y por último es un poderoso productor de sentido de la vida. Como tal es irreemplazable y sólo puede ser provisto por instituciones de la sociedad civil y fuera de la lógica utilitaria del interés. Por su propia naturaleza, la solidaridad no garantiza continuidad, certidumbre, seguridad y como tal no puede ser suficiente para resolver los problemas de necesidad y reproducción de los grupos sociales.

El poder del Estado es el fundamento de cuaquier vida civilizada. Existen ciertos bienes que sólo pueden ser provistos en forma pública, haciendo uso de ese recurso específico del Estado que es el monopolio del uso o la amenaza del uso de la violencia física legítima. En una sociedad democrática, el poder del Estado es ejercido por funcionarios libremente electos y conforme a un sistema de reglas estatuidas por el conjunto de los ciudadanos en un acto constituyente. La idea de derechos cívicos, sociales y políticos tiene una fuerza civilizatoria particular. El Estado, tiene la responsabilidad social de garantizar la constitución de la ciudadanía. Todos los individuos, para "llegar a ser ciudadanos" deben haber tenido la oportunidad de apropiarse de bienes y servicios básicos para vida, tales como alimentación, condiciones de vida dignas, conocimiento, valores, etc. El Estado debe garantizar (cuando no proveer directamente) estos servicios básicos que tienen que ver con la reproducción física, la seguridad, la educación de los miembros de una sociedad. La constitución de la ciudadanía no puede depender del poder de compra en el mercado que tengan los individuos y las familias. Tampoco pueden quedar librados a la "buena voluntad", "arbitrariedad" e "incertidumbres" propias de la filantropía horizontal o vertical. La constitución de la ciudadanía es primariamente una cuestión pública y como tal debe ser asumida por las instituciones del Estado democrático.

A su vez, la solidaridad vertical también tiene sus límites y riesgos. Por una parte, esta forma de relación también tiene su historia, no siempre coincidente con las ideas de justicia y libertad. Cuando el que da es el poderoso, este hecho viene cargado de una serie de significaciones que no siempre son controladas por los protagonistas.

La generosidad de los poderosos es parte del ejercicio del poder en las civilizaciones grecoromanas. El evergetismo de los griegos, la liberalidad, la largitio (largus = abundante), sparsio de missilia (reparto de regalos) de los romanos son instituciones bien estudiadas por algunos historiadores (VEYNE, P. 1976). No hay que olvidar que el advenimiento de la modernidad marcara el fin del don fastuoso, basado en una relación social desigual, que crea y reproduce un abismo entre el donante y el receptor. Esta asimetría estructural que existe entre los grupos y las clases puede verse fortalecida por un modelo de filantropía que tiende a dotar a las relaciones materiales de dominación la fuerza propia del prestigio, reconocimiento, celebridad, etc. que producen cierto tipo de donaciones. La filantropía nunca debe interferir o reemplazar la lógica del derecho y la justicia social. Tanto desde el punto de vista práctico como discursivo, las prácticas filantrópicas deben legitimarse en la idea de derecho y no tanto en la vieja ideología del "deber moral" ("del que tiene para el que no tiene").

2.5. La necesidad de un nuevo mix entre poder, interes y solidaridad

No existen soluciones universales para los problemas sociales de nuestro tiempo. Cada sociedad latinoamericana tiene características particulares que es preciso tener en cuenta al momento de prescribir eventuales intervenciones. Sin embargo, pueden proponerse las siguientes orientaciones conceptuales a modo de conclusión. Cada recurso social estratégico: a) es necesario y hace su contribución específica al bienestar de las sociedades; b) se complementan mutuamente y cada uno tiende a minimizar y corregir los defectos de los otros dos; c) dependen unos de otros para su funcionamiento armónico. Es bien sabido que no hay mercado sin Estado, es decir, sin instituciones, sin un orden público. Sin relaciones de proximidad, sin amor y generosidad, entrega, heroismo, filantropía, caridad, etc. es difícil encontrar sentido a la vida. Sin competencia es difícil la eficacia y la eficiencia necesaria en la producción y uso de recursos. Todo el secreto de la "ingeniería social" consiste en encontrar el "mix" más adecuado a las circunstancias, a las condiciones objetivas del desarrollo y por último a las especificidades de cada cultura nacional. Demás está decir que no existe arreglo objetivamente adecuado, ya que cualquier construcción institucional duradera requiere un ingrediente necesario: la legitimidad política que, en un contexto democrático, sólo un nuevo "contrato social" puede proveer.

 

RESUMEN

El artículo contiene algunas reflexiones acerca del valor de la solidaridad en el contexto actual de la crisis de los Estados de bienestar contemporáneos. Para ello propone un argumento para entender el origen y desarrollo de esta configuración social en el marco de la expansión de las sociedades capitalistas contemporáneas. La aparición del "individuo libre" obligado a vender su fuerza de trabajo en el mercado es contemporánea del desarrollo del Estado y su red de instituciones. A lo largo del tiempo éste se vió obligado a hacerse cargo de la cuestión social construyendo un sistema de protecciones y regulaciones que reemplazaron progresivamente a las instituciones tradicionales (familia, etnia, comunidad, iglesia, etc.) que garantizaban la reproducción social. La Gran Transformación actual del capitalismo está produciendo efectos sustantivos en la estructura y dinámica del mercado de trabajo y en la propia institucionalidad del Estado Benefactor. En América Latina masas más o menos significativas de la población nunca lograron integrarse completamente al modo de vida capitalista. Ahora, como resultado de la crisis de los capitalismos nacionales, se viven nuevos procesos de desintegración social mientras que el Estado y las políticas públicas, en su conformación actual, no están en condiciones de responder satisfactoriamente a las demandas generadas por la crisis social. En este contexto de tiende a revalorizar un viejo recurso de las sociedades: la generosidad y la solidaridad social. El artículo analiza las potencialidades de este recurso propio de la sociedad civil en relación con lo que se puede esperar del poder del estado y la lógica del interés del mercado. El argumento gira alrededor de tres proposiciones bàsicas: a) cada recurso tiene su eficacia específica; b) cada recurso es eficaz en la medida en que interactúa con los otros; d) la resolución de la cuestión social contemporánea requiere un nuevo mix entre Estado, Mercado y Sociedad Civil solidaria.

Palabras claves: Capitalismo; Estado; Sociedad civil.

ABSTRACT

The present work contains some reflections about the value of solidarity in the context of crisis faced by the contemporary Welfare States. In this sense, it proposes an argument in order to understand the origin and development of this social configuration within the expansion of contemporary capitalist societies.

Keywords: Capitalism; State; Civil society.

 

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